La Coctelera

lorraine

Categoría: sueño

11 Mayo 2006

sueños

Él la miraba, podía sentir cómo sus ojos estaban unidos a su piel, cómo un deseo interior hacía que una mirada se convirtiera en escalofrío y suspiraba, suspiraba lleno de ese sentimiento de felicidad que en pocas ocasiones nos invade, suspiraba como lo haría un niño ante el más preciado de los regalos, contento de poder alcanzar con sus manos el presente que ella le tendía. Ella estaba allí, callada e inmóvil, entregada a un pequeño futuro incierto, pero cubierta de deseo, deseo de sentir, deseo de que esa parte que gritaba dentro de ella pudiera rugir de pasión.

En esa habitación en penumbra se dibujaba la más bella de las formas, él había tomado sus delicadas muñecas y sutilmente las había unido con una fina tela negra al cabezal de la cama, y allí sentado, a sus pies la observaba. No hablaban, en silencio, sus suspiros se comunicaban, lo que él sentía, lo que ella deseaba, lo que él deseaba o ella sentía se apreciaba en el ritmo de su respirar.

La imagen era encantadora, su presencia femenina entregada a él, su cabello suelto y su cuerpo semidesnudo hacían que el deseo de tomarla fuera enorme. Llevaba un vestido blanco con delicados tirantes, unos pequeños botones delanteros que habían cedido instantes antes de ser unida por sus muñecas al cabezal, para que emergieran del profundo mar, unas deseables y sensuales montañas, que expuestas a la mirada del otro incrementaban la tensión de la espera. Sus muslos se entretenían en cruzarse y atraer la mirada de su cómplice silencioso a la flor del deseo.

Él se incorporó, y arrastrando las yemas de sus dedos por sus muslos, por encima de su vestido, al llegar al valle entre montañas se detuvo y acarició esos pequeños picos erguidos que apuntaban hacia arriba, ella suspiró y se retorció ligeramente solicitando más caricias al tiempo que él seguía en su dulce escalada, cuando sus manos recorrían sus labios, cuando ella besaba aquellos dedos en forma de pinceles que habían estado dibujando en su cuerpo, él los retiró para dar paso a su beso, un beso que él sentía que debía dar, pero no deseaba iniciar pues no lo desearía acabar nunca.

Cómo un sediento que descubre el más dulce de los manantiales, él bebió de sus labios, saboreaba cada instante como pequeña gota de agua que se puede caer, al tiempo, sus manos seguían dibujando en ella el más bello de los cuadros. Lentamente el beso continuó por la comisura de los labios, se acercó al lóbulo de la oreja y susurró un... te deseo... ella se estremeció y una agitación fue toda su respuesta, él prosiguió en su beso, en su largo beso que ahora bajaba por el cuello, ella se agitaba, él lo continuaba besando y aumentando en el ritmo de su respirar que ella leía como un grito de deseo.

Sus labios en su cuello, sus manos en sus pechos llenaban su interior de deseo contenido, se agitaba como si deseara soltarse de esa pequeña atadura que no hacía más que aumentar el deseo de ser acariciada, pero se resistía a solicitar aquello que deseaba y simplemente, esperaba. Él continuaba su camino, y sin separarse de esa piel, bañaba todo su cuerpo en un mar de besos y la secaba con mil caricias. Al llegar a ese pequeño lugar donde ambas montañas se unen para formar un valle, lo besó y con delicados dedos acarició sus pezones, el beso era agitado y las caricias más uniformes, ella sutilmente se entregaba, endurecía y retorcía su cuerpo ofreciendo sus pechos como alimento.

La respiración se agitó, y las manos dejaron paso a los labios que besaron esos ya duros pezones, un pequeño mordisquear, no doloroso pero si intenso la hizo sentir que él estaba presente y de esos labios que no habían surgido palabras nació un - ven... - Él se incorporó y la miró a los ojos, una pequeña sonrisa traviesa se dibujó en sus labios como toda respuesta y volvió a entregarse al placer de mimarla.

Levantó con delicadeza la falda del vestido para dejar a la osadía de sus ojos la más pícara de las miradas, ella volvió a estremecerse, volvió a pedirle - ven... - Y él, respondió hundiendo su cabeza en la flor que ella le mostraba. Sus labios se unían a los pétalos de la flor y jugaban en su sexo en búsqueda de proporcionar el máximo de placer a esa dama entregada. Ella se retorcía y sus muslos abrazaban el cabello de su amante inmerso en el deseo de complacerla. Gemidos silenciosos gritaban en la penumbra de la habitación, eran escuchados en toda su intensidad por el amante enfrascado en saborear en ella la miel de su pasión, ambos cuerpos se erizaban, ambos cuerpos se buscaban entrelazados en gemidos contenidos.

Continuaba besando su flor, y sus manos se depositaron en su pecho, acariciaron ambas manos sus pezones, en provocadora caricia que ella sentía, cuando no podía más, cuando notaba que ella estaba al limite del deseo y que podía explotar, él se incorporó y miró el rostro de esa bella mujer entregada, lo acarició y un profundo suspiro se sintió en toda la habitación.

Caminó lentamente hacia ella, sudado y algo tembloroso por la excitación previa, ella le miraba desafiante y silenciosa, dispuesta a no pedir lo que ahora sabía que él ya deseaba. Se acercó a ella, se reflejó en sus ojos, y sin que ella pudiera mirarse en los ojos de su compañero de juegos, él los envolvió en otra pequeña tela que convirtió la penumbra en oscuridad, y allí estaba ella, maniatada y semi desnuda, con los ojos vendados y su alma entregada, suspiró y balbuceó

ella: ¿Qué haces?
el: Amarte, amarte enteramente

Él se incorporó y la miró, su excitación era tal que no se podía ocultar, tan sólo ella no la podía observar. Algo nerviosa, confusa e intrigada por la situación no se atrevía a preguntar, pero pequeñas dudas e incipientes deseos se agolpaban en su mente, lo oía pasear alrededor suyo y se imaginaba cómo la deberían estar mirando esos ojos que hacía un instante brillaban de deseo, no estaba desnuda, pero se sentía como si un centenar de personas estuvieran observando sus carnes, de repente una voz quebró el silencio, él le hablaba.

el: ¿Sabes? Mis ojos no pueden dejar de mirarte, mi mente se encuentra entregada a recorrerte, siento deseo de acariciarte, deseos de inundarte en pequeños y tiernos besos, temo empezar pues no sé si sabré finalizar.

Ella se sentía acariciada por esa voz masculina y tranquila que la rodeaba, un pequeño mundo de ensueño se abría en su mente, deseaba iniciarse en una dialéctica conversación con su amante compañero, pero el silencio de sus labios era toda la respuesta, se sentía completamente sumisa, irremediablemente entregada, pero desesperadamente deseosa de sentirse amada.

No podía tocar al estar sus manos atrapadas en delicadas ataduras, sus ojos no podían ver y sus labios no querían abrirse a la palabra, aún deseando ser alimentados de besos y de saborear la cálida excitación del tallo que él le quería ofrecer.

el: Noto cómo tu pecho me habla de tu respirar, lo miro, ahora lo recorro, veo esos botones abiertos y tu pecho entregado, veo entre las ropas sueltas de tu fino vestido blanco tus pezones insinuantes, deseo entregarme a ellos, sentirlos, tomarlos en mis labios, en mis manos... Deseo...

Silencio, silencio acompañado de pequeñas caricias en su pecho es lo que notó, su cara gesticulaba felicidad, complicidad y sensualidad, él, como si esos pequeños gestos le sedujeran aún más, sonreía tímidamente, antes de volver romper las caricias de su pecho en palabras para su alma.

el: Aquel día que te conocí fui advertido por mi sexto sentido, esta mujer, esta encantadora dama, puede sembrar en el más árido de los jardines la más pequeña de las semillas, y con su sola presencia, donde hubo un inmenso desierto crecerá el más hermoso de los jardines, colores, olores y sensaciones envuelven todo lo que está a tu alrededor, me siento bien sólo con mirarte...

Volvió a callarse y sentarse a su vera, acarició de nuevo su pecho y se detuvo en destapar sus pequeños ojos vendados, la miró y ella le respondió con una tierna mirada, una mirada intrigada al tiempo que mordía su labio y tomaba aire en un profundo suspiro.

el: Me siento profundamente lleno al estar junto a ti, y completamente vacío al pensar que este instante no puede durar una eternidad.

Ella sonrió y obtuvo como respuesta que sus ojos volvieran a encontrarse hundidos en la oscuridad, pero no dijo nada. Sintió como él se levantaba y sus pasos por la habitación, noto cómo si en un gran suspiro quisiera alimentarse de todo el aire que les rodeaba y de repente comenzó a hablarle.

el: deseo hacerte un regalo, deseo que este instante se convierta en tu instante, deseo que todo aquello que has deseado se haga realidad ¿Deseas que todas tus fantasías se hagan realidad?
ella: ¿A que te refieres? (respondió ella en tono sobresaltado)

el: Simplemente a transformar aquello que soñabas en algo que puedes desear, así pues te lo ofrezco y lo puedes tomar…

Ella se sentía arrebatadoramente libre, entregada, sentía que un enorme paréntesis se había abierto en sus vidas, que ese instante, que ya sentía interminable era sólo de ellos y ellos amos de él, del tiempo, un tiempo que lo podían manejar a su antojo. Aún cegada en esa pequeña tela, sentía cómo una descomunal pasión atravesaba su alma al recordar su mirada, sus caricias, su voz, sus besos. Él estaba allí, pero sus silencios, su tranquila presencia, la hacia sentirse desconcertada. Quería gritar, quería chillar, quería...

ella: Bésame, bésame...

Él reclinándose sobre ella la besó, su cuerpo, su piel fue acariciada durante un largo tiempo por su amante, ella buscaba sus labios y él se entregó, entregó unos labios a otros, sus lenguas juguetonas retozaron en deseo, húmedas, despiertas se hablaban entre sí. Cómo aquel viejo alquimista ante su alambique, que sin prisa y dedicando toda su vida a la búsqueda de la formula de la felicidad. Ellos encontraron, en aquella mezcla de sudor, de saliva, de caricias, de silencios, de susurros, de seducciones, de entregas, el más simple de los afrodisíacos, el deseo.

Él se alejaba de ella y su voz resonaba en la distancia, escucho cómo el abría la puerta de la habitación, se agitó bruscamente desconcertada y por primera vez en toda la tarde se sintió confusa.

ella: Pero... ¿Qué haces?
el: Quiero hacer que te sientas feliz, quiero ser aquel catalizador de tus sueños que me permita trasladarte, entre el mundo ideal de un soñar despierta y ese plano real donde tú, tu cuerpo y alma, mi deseo y mi mente puedan crear esa realidad paralela donde no querrás marchar, donde siempre desees volver a entrar….

Volvió junto a ella, la besó tiernamente, la desató y tomándola de la mano la llevó de nuevo a la fiesta…

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